La adversidad de una lesión no es obstáculo para Marín

Ernesto Marín se echó el palo atrás, giró su cuerpo sobre la pelota y la propulsó en el aire por encima del emblemático hoyo 7 de El Camaleón Golf Club de Mayakoba, México. A continuación, se dio la vuelta para preguntarle a su caddie dónde había aterrizado.

Para la mayoría de los golfistas, la sensación que transmite posar después de un golpe especialmente acertado y observar el vuelo de la pelota es una de las más grandes satisfacciones del mundo del deporte, pero es una experiencia que Marín no ha podido vivir. El nicaragüense, que se anotó dos rondas de 79 y 80 en su sexto Latin America Amateur Championship esta semana, perdió la mayoría de la visión de su ojo derecho después de un problema médico hace casi seis años.

Marín, que jugó al golf en la Universidad de Penn State y ha sido campeón amateur de Nicaragua, dice que recuerda la mañana en que se despertó en el verano de 2014 y se dio cuenta de que no podía dejar de llorar por su ojo derecho. No podía secarlo y veía todo borroso. La situación empeoró y durante una serie de visitas al médico le dijeron que podría ser desde esclerosis múltiple hasta diabetes. Al final, como cuenta Marín, la diagnosis fue un coágulo de sangre que lo dejó con menos de la mitad de la visión en el ojo derecho.

“Fue muy difícil enfrentarme a la situación cuando pasó”, dijo Marín. “Mi padre y yo estábamos asustados. Pero una vez que supimos cuál era el problema, tuve que buscar la manera de vivir con él”. Parte del proceso consistió simplemente en adaptarse a la limitación de su capacidad visual – por ejemplo, poder ver partes de una señal, pero no todas las palabras. Sin embargo, el golf presentaba algunos retos especiales, sobre todo porque Marín llevaba 24 años utilizando sobre todo el ojo derecho y ahora tenía que cambiar su manera de ver.

Le llevó bastante práctica centrar la vista en la pelota, aunque fue menos difícil que intentar seguir su vuelo después de ejecutar el golpe. Marín cuenta que con los golpes cortos puede normalmente seguir la pelota después de golpearla porque suele volar más bajo. En general, cuando utiliza cualquier palo más largo que un hierro 9, tiene que pedir ayuda. “Muchas veces me quedo mirando a mi padre para ver si me hace algún tipo de signo”, dice Marín. “El Trackman ha sido una especie de salvación para mí”, agrega.

No lo dice en broma. Utilizar un dispositivo para seguir el vuelo de la pelota ha facilitado la práctica de Marín, que ya no tiene que esforzarse para ver a dónde va su pelota después de cada swing en la cancha de práctica. Ahora se limita a mirar los números en la pantalla para comprobar que el swing fue tan bueno (o tan malo) como lo sintió. Ciertamente, después de una exitosa carrera universitaria, esta no es la manera en que Marín imaginó que iba a vivir el golf con 29 años. Pero también sabe que podría ser peor. Dice que, al menos, cuando tiene que preguntar a otros dónde aterrizó su pelota, la respuesta –como ocurrió en el hoyo 7 de su ronda de prácticas – suele ser “en medio del fairway”.

“He tenido que superar muchas cosas en mi vida”, dice Marín. “Me encanta el golf y no quiero dejar de jugar, así que para mí solo se trata de algo más a lo que tengo que enfrentarme en el camino”.

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